La trampa del ajedrez

Por: Cristina Baztán

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La comparación de la vida con un tablero de ajedrez no es algo que revista mayor novedad. A lo largo de la historia ha sido aludida por escritores (Borges), científicos (Einstein), gobernantes (Franklin), filósofos (Benjamin) y artistas (Duchamp). Así, el ajedrez, más allá de ser un mero juego, ha sido considerado como un referente más de la cultura tradicional occidental.


Dominar el arte del ajedrez ha otorgado a quien lo logra un cierto halo de superioridad, pues es sabido que para hacerlo se requiere haber desarrollado una serie de habilidades como la capacidad de análisis y síntesis, la organización del pensamiento, el manejo de una gran cantidad de variables, la elaboración de soluciones posibles a problemas futuros, la comprensión de las motivaciones del otro y, sobre todo, un excelente manejo de la estrategia en función de la obtención de un objetivo. Este listado nos podría llevar a considerar este juego como un elemento clave a incorporar en entornos educativos.

 

De hecho, el ajedrez está y ha estado presente en la formación tradicional occidental desde hace siglos, presentándose como una excelente forma de lograr la obtención de estas habilidades a través de un espacio lúdico, desafiante y lleno de emoción. ¡Irresistible!, ¿cierto?


Sin embargo, me parece que el ajedrez trae consigo una trampa, una especie de secreto oculto que lentamente invade a quien lo domina. Analicemos un poco el juego. El escenario es un tablero de cuadrículas fijas en el que compiten dos fuerzas contrarias (blanco y negro), cada una de ellas compuestas por piezas jerarquizadas con roles definidos y movimientos limitados. El objetivo es la eliminación del oponente en una única batalla decisiva, cada jugada debe evitar la más mínima posibilidad de error o espontaneidad, y la pérdida de la partida es considerada una desinteligencia. Sumado a lo anterior, Siegbert Tarrasch, destacado ajedrecista polaco, expresó que: “La desconfianza es la característica más necesaria de un jugador de ajedrez”.


¿Si la formación en ajedrez permite desarrollar habilidades como las antes descritas, no desarrollará también un hábito en la manera que se ha acostumbrado a aplicarlas? Si como dice, Tarrasch, es la desconfianza la característica más necesaria, ¿estaremos siendo conscientes de los valores que instala este juego en quienes lo aprenden y dominan? No pretendo con esto considerar al ajedrez algo peligroso o nocivo; no al menos en tanto un juego, pero sí en cuanto referente cultural.


Aprender este tipo de habilidades para aplicarlas en la vida no es sólo cuestión de desarrollar ciertas destrezas, sino también de comprender el lugar desde el que se realizan y el objetivo hacia el que se dirigen. En contextos formativos esto reviste una especial importancia si lo que buscamos es formar a quienes están gestando hoy las sociedades del futuro.

 

Las habilidades descritas en el listado anterior son las propias de un pensador crítico y la disposición a utilizarlas debiera ir acompañada de una actitud abierta, empática, colaborativa, dialógica y, sobre todo, de una profunda valoración de la confianza. Instalar en contextos educativos un espacio de aprendizaje de estas características permitiría escapar de las trampas inherentes en ciertos modelos culturales que nos han acompañado por siglos y que requieren ser cuestionados.


El camino del cuestionamiento es complejo, pero a la vez liberador y fascinante para quien lo recorre y, si bien su tablero está en blanco, sus piezas son indefinidas y su destino final incierto, el punto de partida ha sido siempre el mismo: la Filosofía.